Notable pintor quiteño nacido en el
año 1630, hijo del modesto hogar formado por el Sr. Lucas Vizuete y la Sra.
Juana Ruiz, quienes lo bautizaron con el nombre de Miguel Vizuete.
Tomó el nombre de Miguel de Santiago
al ser adoptado en el año 1633 por don Hernando Santiago, Regidor de Riobamba,
quien cumplió de esta manera con la última voluntad de su padre.
Fue alumno de Hernando de la Cruz y de uno de sus
discípulos, un indio franciscano de nombre Domingo, y trabajó también con
Sánchez Galique, el autor del cuadro de los “Negros de Esmeraldas”.
“Miguel de Santiago es el intérprete
pictórico de la devoción quiteña del siglo XVII a la Inmaculada Concepción. Sus
cuadros reflejan indudablemente el fondo de sólida teología que respalda la
piedad del pueblo” (1). Es también el creador de la Inmaculada
Eucarística, a través de la cual revela la íntima vinculación de María
santísima con la Eucaristía; vinculación que sería proclamada por la iglesia
católica muchos años después.
La mayoría de sus obras son de
carácter religioso, y entre ellas se destacan la serie dedicada a “La Vida de
San Agustín”, que se guarda en el convento del mismo nombre; la serie que
representa “Los Milagros de Nuestra Señora de Guápulo”, formada por doce
lienzos que se conservan en Guápulo; los capítulos de “La Doctrina Cristiana”,
del museo de San Francisco; “La Inmaculada”, pintada en 1645 y que está
considerada como su obra más antigua; “La Flagelación del Señor”; “La Muerte de
San Agustín”; “Las Sillas”; “La Muerte de San Nicolás”; etc. Pintó además varias “Inmaculadas”, “El
Nacimiento de la Virgen”, y “El Invierno” de la serie “Las Estaciones”.
“Cuando a Miguel de Santiago se le
encargó la decoración de la portería externa del convento de San Francisco, el
pintor escogió la pared frontal que da a los dos arcos de piedra de la entrada
para colocar en ella un tríptico, que en su parte central tuviese una Dolorosa,
flanqueada por ángeles en las puertas de cubierta, y los dos patriarcas Santo
Domingo de Guzmán y San Francisco de asís a la derecha y a la izquierda de la
Virgen. Los quiteños pronto hicieron de esa portería una capilla, donde se
decía misa diariamente, a las plantas de la imagen de la Dolorosa...” (Agustín Moreno
Proaño.- Tesoros Artísticos, Museo Filanbanco).
Miguel de Santiago fue un innovador en la técnica de su
oficio; era muy exigente con la calidad de los materiales y a partir de él los
pintores prepararon las telas y diversificaron los pigmentos para enriquecer
las posibilidades cromáticas.
“Pero donde sobresale sin rivalidad posible es en la
incorporación de la realidad física y humana del país a la pintura, con una
pasión y una seguridad que iban a servir de brújula y de modelo durante largo
tiempo. En este sentido, lo que pintó para Guápulo no es lo más importante de
su obra desde el punto de vista estético, pero sí por mostrar su profunda
conciencia de, su origen y de su amor a la tierra donde había nacido. La serie
de "los milagros de la Virgen", como muchas otras de sus obras
posteriores, no está pintada sobre modelos sino tomada de la propia realidad o
de la inventiva del artista de cuadros, el artista tenía cincuenta años” (Mario Monteforte.- Los Signos del Hombre, p. 112).
Gracias a su obra, la “Virgen de
Guápulo” adquirió en poco tiempo carácter de Virgen Nacional, al extremo que en
1644 fue declarada
"patrona de las armas reales".
Era Miguel de Santiago tan apasionado
para trabajar y tan obsesionado por lograr la perfección de su obra, que para pintar
su “Cristo Agonizante”, obra en la que se destaca su excepcional realismo,
enajenado en el éxtasis de su creación flageló a un alumno suyo que le servía
de modelo, para de esta manera poder observar en forma real los estertores de
la agonía. Cuentan que el maestro pintaba lo que veía de manera frenética, que
enloquecido por el entusiasmo de poder plasmar la terrible realidad de la
agonía y el suplicio, atravesó el pecho del infortunado modelo con una lanza; y
cuando el herido se retorcía en la cruz con las convulsiones de la muerte, el
maestro copiaba ávido y cada vez con mayor frenetismo y satisfacción, sin darse
cuenta del homicidio perpetrado. (Este cuadro está en la iglesia de El Tejar)
Por este crimen se refugió durante
largo tiempo en el convento de San Agustín, hasta que fue absuelto en atención
a la maestría de su obra.
Miguel de Santiago murió el 4 de enero
de 1706, dejando una
modesta fortuna que habla sobradamente de modesta paga que los artistas
recibían en la colonia por su trabajo, y
amortajado con el hábito de San Agustín, fue sepultado en la iglesia del mismo
convento.
Numerosas son las obras que dejó. Aparte de lo que podría
llamarse series -San Agustín, Guápulo, El Quinche- están las que figuran en los
principales templos quiteños, especialmente en San Francisco. Casi no hubo
Orden que no encargase al maestro cuadros dedicados a los personajes del
santoral por ella preferidos. También en el extranjero se han localizado
pinturas de Santiago; por ejemplo en la Catedral y en San Francisco, de Bogotá.
“Muchas
de sus pinturas salieron al exterior, sobre todo a Roma, a donde fueron
enviadas por su perfecto acabado y composición, según informaron Jorge Juan y
Antonio de Ulloa en "Noticias secretas de América". De Santiago
escribieron que "el colorido de su obra es sobrio, usaba tintes vegetales
que él mismo mezclaba, predominando los tonos grises, sombríos y el
claroscuro". Sus pinceladas eran largas y ágiles, sabía dibujar, no
detallaba, pecando de defectos en la perspectiva”
(Rodolfo Pérez Pimentel.- Diccionario
del Ecuador, tomo II, p. 317)
(1) Fray José María Vargas.- Arte
Religioso Ecuatoriano, p. 42.
Autor: Efrén Avilés Pino
Miembro de la Academia Nacional de
Historia del Ecuador
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