Las primeras noticias que se tuvo
acerca de ella fueron reveladas por el investigador norteamericano A. Dorsey, quien en 1901 visitó la isla de La Plata para realizar
actividades arqueológicas; pero el mérito de su descubrimiento definitivo
pertenece al historiador y arqueólogo guayaquileño Francisco Huerta Rendón,
quien por el año 1940 anunció el descubrimiento de “una civilización
precolombina en Bahía de Caráquez”.
Posteriormente, otro apasionado
investigador y arqueólogo -también guayaquileño-, don Emilio Estrada,
profundizó en el estudio de dicha cultura y la subdividió en dos fases: Bahía I
y Bahía II, calculando para cada una de ellas unos 500 años.
Con una antigüedad que data
aproximadamente desde 600 años a.C. hasta 600 años d.C., la Cultura Bahía ocupó
esos amplios territorios de clima trópico-lluvioso que se extendían desde las
estribaciones de la cordillera de los Andes, por el este, hasta el océano
Pacífico por el oeste; y desde Bahía de Caráquez, por el norte, hasta el actual
límite de las provincias de Manabí y Guayas, por el sur.
Sus hombres -a juzgar por los estudios
antropológicos realizados sobre restos humanos, y a las numerosas figurinas encontradas- fueron muy cuidadosos en su arreglo
personal y llevaban hasta cuatro pares de aretes en cada oreja, collares de
cuentas, brazaletes, ajorcas en los tobillos y arriba de las rodillas, etc.
Habitaron posiblemente en viviendas
construidas de madera o caña, con techos de paja u hojas de palma, su
organización social estaba regida un jefe -más que de carácter civil o militar-
de carácter religioso.
Su alimentación se basó principalmente
en la agricultura y tuvieron extensos cultivos dedicados especialmente al maíz.
También se dedicaron a la pesca y a la caza.
Sus hábiles artesanos desarrollaron importantes
técnicas para el tratamiento del oro, y de ella dan fe
variadas máscaras de oro repujado, y una gran producción de objetos bellamente trabajados como orejeras,
narigueras, laminillas o apliques. Otros
adornos personales, como collares y pulseras se realizaron mediante la
utilización de la concha marina.
La cerámica también fue tratada con gran habilidad, como lo
demuestra la abundante producción de
figurillas -realizadas en su mayoría por medio de moldes- que representan
hombres y mujeres en diversas actitudes, cuyos vestidos consisten en una
saya o especie de falda e varios colores
que los cubre hasta las rodillas. Estas representaciones antropomorfas se
hicieron en varios tamaños, desde las más pequeñas hasta las de altura considerable
llamadas “gigantes”, que tienen aproximadamente 80 cm. de altura. Algunas de
ellas representan a sacerdotes, más conocidos como “Chamanes”.
Llama la atención el descansa-nucas o apoya-cabeza -que
empezó a aparecer desde la cultura Valdivia- que son muy semejantes a los que
todavía hoy utilizan algunos pueblos de Asia, Oceanía y Africa.
Finalmente hay que destacar que
sus alfareros trabajaron vasijas globulares sencillas, copones, platos sobre
base troncónica conocidos como “compoteras”. Existen
además vasijas de tamaño medio profusamente decoradas con cabeza de dragón y
cintas en forma de culebras, objetos cerámicos que posiblemente estuvieron
dedicados al culto.
“Con la piedra fabricaron varios tipos de hachas que
debieron ser utilizados para la tala de árboles así como para labrar maderas
para la fabricación de casas y embarcaciones. Una tipología rara de objetos líticos
pertenecientes a Bahía lo constituyen las llamadas tablillas que se presentan
en forma cuadrada y rectangular, condecoración geométrica grabada. Casi todos estos objetos fueron
encontrados en la isla de La
Plata y su función queda aún en el misterio” (Arq. Melvin
Hoyos G.- Guión del Museo Municipal de Guayaquil).
Autor: Efrén Avilés Pino
Miembro de la Academia Nacional
de Historia del Ecuador
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