Ilustre repúblico
«guayaquileño» nacido el 10 de agosto de 1904 en la ciudad de Barcelona,
España, en circunstancias en que sus padres -don Clemente Yerovi Matheus y doña
María Indaburu Seminario- residían transitoriamente en dicha ciudad. A los
pocos días fue inscrito su nacimiento en la Embajada del Ecuador, por lo que,
contra la opinión de sus muy pocos detractores, “fue ecuatoriano por
nacimiento”
A los cuatro
meses de edad llegó con sus padres a Guayaquil, y pocos años más tarde -como
casi toda la juventud de su época- ingresó al tradicional Colegio Vicente
Rocafuerte donde inició sus primeros estudios; posteriormente viajó a la ciudad
de Quito, donde los culminó en el Colegio San Gabriel de los jesuitas.
Fue un gran
amante del río Guayas y de todos los que forman su inmensa cuenca, a los que
conocía mejor que a la palma de su mano, con todos sus recovecos, canales y
esteros. Por eso, al terminar sus estudios se dedicó a navegar en ellos al
mando de una embarcación de cabotaje, con la que hacía transporte de pasajeros
y carga entre los pueblos ribereños.
Su actividad
creadora lo llevó a transitar por otros senderos y se dedicó también al
comercio y a la agricultura, actividades que le permitieron -gracias a su
esfuerzo y trabajo honorable- amasar una considerable fortuna.
Su prestigio de
hombre progresista y de amplia visión hizo que fuera llamado en más de una
ocasión para ocupar importantes cargos públicos y privados en el campo de la
industria y la banca. Fue Ministro de Economía entre 1948 y 1950 durante el
gobierno del Sr. Galo Plaza Lasso, y como tal estimuló y orientó la producción
bananera hasta convertir al Ecuador en el primer país productor y exportador de
banano del mundo. Fue Senador de la República entre 1951 y 1955, y desde el
Congreso inspiró leyes orientadas a solucionar práctica y efectivamente los
grandes problemas que a través de los años han azotado a la economía de los
ecuatorianos. También desempeñó el cargo de Presidente de la Junta Monetaria,
entidad a la que condujo por acertados caminos, trazando una política económica
y cambiaria altamente beneficiosa para todos los sectores de la producción.
A principios de
1966, la Junta Militar de Gobierno que presidió el Calm. Ramón Castro
Jijón empezó a vivir sus últimos días, cuando en todos los rincones del Ecuador
-y especialmente en Guayaquil- se alzaban voces de protesta en su contra por la
caótica situación económica a la que había llevado al país.
Se reunieron
entonces en Quito los ciudadanos más prominentes, destacados militares y
representantes de los partidos políticos, quienes luego de varios días de
deliberaciones, el 29 de marzo acordaron llamarlo para que asumiera el poder y
condujera al país hacia la constitucionalidad.
«Caída la
Dictadura Militar, gracias a la unidad del pensamiento libre expresado a través
de los partidos políticos de signo democrático y de los órganos de opinión
conscientes de su responsabilidad histórica, las esperanzas de un pueblo
ansioso por retornar al régimen de derecho confluyeron en la persona de un
ciudadano honesto y patriota, cuyo espíritu se había forjado en el servicio
público dirigido hacia las nobles finalidades que inspiran el auténtico culto
de los valores nacionales. Un objetivo primordial e irrenunciable tenía don
Clemente Yerovi Indaburu al asumir la Presidencia Interina de la República:
Encauzar al país hacia la reconquista de la democracia representativa,
amordazada por un Gobierno de Facto que nació de la traición al juramento
sagrado de respetar la Constitución que regía el desenvolvimiento institucional
del estado ecuatoriano» (El Tiempo de Quito, nov.
17/66).
No era político,
pero era un gran patriota. Por eso su designación como Presidente Interino fue
recibida con gran satisfacción por todo el pueblo ecuatoriano, con la excepción
de unos cuantos mediocres que se opusieron a ella esgrimiendo el pobre pretexto
de que «el señor Yerovi no es ecuatoriano», tratando así de esconder sus mezquinos
intereses; pero el pueblo y la opinión pública rechazaron y desbarataron dicho
argumento, y recibieron su designación con grandes muestras de respaldo y
satisfacción, y con la seguridad de que un nuevo futuro se abría para los
ecuatorianos.
Así, respaldado
por la unificada opinión nacional, el 30 de marzo de 1966 entró al Palacio de
Gobierno acompañado por los ex presidentes Galo Plaza Lasso y Camilo Ponce
Enríquez, e inmediatamente recibió el poder de manos del Jefe de Estado Mayor,
Gral. Telmo Vaca.
«Al asumir el
gobierno interino la situación del país era explosiva y profundamente
peligrosa; parecía como casi siempre ocurre en tales casos, que el tránsito del
régimen de facto al de derecho si no se veía imposibilitado por el caos y la
violencia, por lo menos estaba preñado de múltiples escollos» (El Comercio de Quito, Nov. 17/66).
Pero supo
enfrentar el desafío de la historia, y en una de sus primeras declaraciones fue
terminante al señalar que el principal objetivo de su gobierno sería «convocar
de inmediato a una Asamblea Constituyente, para que ésta elija al Presidente
Constitucional de la República», e insistió más de una vez en que gobernaría
«con las maletas hechas», pues nada le apegaba al poder, sino el solo deseo de
ser útil a la Nación.
Durante su corta
administración «realizó una inmensa labor, llena de patriotismo, trabajo,
honradez, comprensión y afán de unir a todos los ecuatorianos en una sola
fuerza de producción material, mediante el trabajo y el entendimiento
espiritual con el sereno retorno a la constitucionalidad reclamada por los
ciudadanos, luego del último ensayo político y económico nacional en la
anterior dictadura militar» (Galo Román S.-
Ecuador: Nación Soberana, p. 513).
Su acción
gubernamental estuvo plagada de obras positivas que le dieron respetabilidad
dentro y fuera del país, y que impulsaron el desarrollo nacional de una manera
superlativa. En obras públicas y pese a la penuria económica fiscal, se inició
la construcción de la carretera El Empalme-Quevedo, de cemento rígido; se
efectuó parte del asfaltado de la carretera Ibarra-Otavalo y se realizaron
importantes trabajos de remodelación, construcción y asfaltado a varias otras
carreteras. Se determinó y financió la construcción del puente sobre los ríos
Daule y Babahoyo, llamado luego «De la Unidad Nacional» y finalmente «Puente
Rafael Mendoza Avilés», y de varios más en diferentes partes del país.
Inició la construcción de la segunda etapa de las Obras Portuarias de Manta y
amplió las redes telefónicas de Guayaquil y Quito; estableció además dicho
servicio con Baños, Baeza, Chone, Machala, Cotacachi, Apuela, Loja, Bahía de
Caráquez, Ambato y otras ciudades.
En el campo
educativo se crearon treinta y un colegios. El plan alfabetizador dio matrícula
a más de ciento veinte mil alumnos y más de diez mil artesanos recibieron
cursos de capacitación y entrenamiento en ramas como mecánica automotriz,
electrónica, radiotécnica, orfebrería, sastrería y zapatería.
Mención especial
merece el decreto del 12 de noviembre de 1966, por medio del cual fue creado el
“Cuerpo de Infantería de Marina”.
El aplauso y la
aceptación que la ciudadanía dio a cada una de las acciones de su gobierno
acrecentaron el resentimiento y el revanchismo de muchos de aquellos que, luego
de haberse postrado sumisos ante la dictadura militar, a la que prodigaron
sahumerio y pleitesía, pretendieron injuriarlo llamándolo «dictador civil» o
«jefe supremo». En efecto, su gobierno, al no ser constitucional, era
dictatorial; pero nunca abusó del poder que el país le había confiado y por eso
fue llamado «Señor Presidente», pues como él mismo lo había dicho, «La
constitucionalidad de un régimen está en su naturaleza, no en su origen.»
Pudo, desde
luego, actuar como dictador o como jefe supremo, pero desde el primer momento
él mismo limitó sus poderes y se sujetó a la Constitución de 1946. No ordenó
prisiones, a nadie confinó, y por el contrario dio todas las facilidades
-inclusive económicas- para que aquellos que habían sido desterrados por la
dictadura militar pudieran volver. No clausuró periódicos ni radiodifusoras, no
devolvió insultos, no le hizo daño a nadie.
Tuvo el poder y
el respaldo político para «maniobrar» desde el Palacio de Carondelet y lograr
que la Asamblea Constituyente lo eligiese Presidente Constitucional, tal cual
había sido costumbre histórica en nuestro país: Porque toda Asamblea que fue
convocada por quien ejercía el poder de manera anticonstitucional, a fin de
hacer convalecer así el viciado origen de su poder dictatorial, elegía
irremediablemente al propio Jefe de Estado convocante.
«El señor Yerovi
no reunió una Asamblea compuesta de empleados o títeres suyos, como había
habido tantas. Respetó el fuero de cada diputado electo, sea cual fuere su
partido; no se detuvo a averiguar cuáles eran sus ideales, sus ambiciones o sus
intereses, para pretender colmarlo y ganar adhesiones. A todos hizo conocer que
él se retiraría apenas se reuniera la Asamblea, y así fue» (El Tiempo de Quito, Feb. 11/67).
Quiso acudir ante
la Asamblea a leer su Mensaje y formalizar la entrega del Poder, pero ésta se
apresuró a dar por terminadas sus funciones y le entregó el poder al Dr. Otto
Arosemena -que había sido elegido- sin tener la cortesía de esperar su
presencia; menos aún fueron recibidos sus ministros que acudieron a entregar el
mensaje: Ni siquiera los dejaron entrar. Entonces, tan discretamente como había
llegado, abandonó el Palacio y volvió a Guayaquil, al seno de su hogar.
Así, el 16 de
noviembre de 1966 se puso fin al corto pero fructífero gobierno del señor
Clemente Yerovi, quien no será llamado por la historia ni Dictador Civil ni
Jefe Supremo, sino Presidente.
Retirado a sus
actividades particulares vio con inmensa pena que sus esfuerzos por salvar la
economía y la democracia del país habían sido en vano. En agosto de 1968 -luego
de los dos años que gobernó el Dr. Otto Arosemena- volvió a la presidencia el
gran ausente, Dr. José María Velasco Ibarra, quien dos años más tarde,
siguiendo su costumbre, rompió una vez más la Constitución y se declaró
dictador; a esta dictadura le sucedió en 1972 la del Gral. Guillermo Rodríguez
Lara, llamada pomposamente Gobierno Nacionalista Revolucionario, y a
ésta le siguió en 1976 la del Consejo Supremo de Gobierno que presidió
el Alm. Alfredo Poveda Burbano y que integraron además el Gral. Guillermo Durán
Arcentales y el Brig. Luis Leoro Franco.
Finalmente,
rodeado del respeto y de la admiración de todo el país, don Clemente Yerovi
Indaburu -uno de los muy pocos hombres en la historia del Ecuador que se han
negado a la Presidencia de la República, a pesar de las muchas insistencias que
se le hicieron- murió en la ciudad de Guayaquil en la tarde del domingo 19 de
julio de 1981.
Autor: Efrén
Avilés Pino
Miembro de la
Academia Nacional de Historia del Ecuador
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